¿Para qué sirve el microcrédito? Caso de la comunidad de Mishkiyaquillo

Nausica Fiorelli, nuestra voluntaria, pudo seguir a una comunidad que pudo beneficiarse de la ayuda de ADA a través de la financiación de LMDF.

Llego a Tarapoto en autobús después de 40 horas de viaje desde Lima.

La otra opción era un vuelo de una hora de duración. Por qué no me decanté por el vuelo, se preguntarán. Pues porque los viajes en autobús siempre deparan alguna sorpresa: esta vez, por ejemplo, tuve la oportunidad de hacer una breve parada en la playa de Trujillo y pude disfrutar de un fantástico ceviche y una sopa de cangrejo por menos de tres euros.

Tras un largo viaje que discurrió primero por la costa, después por los Andes y, por último, por la selva, llego a Tarapoto, la capital de la región amazónica de San Martín, en el norte de Perú.

En la terminal de autobuses me espera un enjambre de mosquitos y multitud de mototaxis de tres ruedas listos para poner rumbo adonde toque; ahora bien, ¡no esperen que el conductor respete ninguna norma de seguridad vial!

El paisaje es espectacular: palmeras, grandes ríos y guacamayas revoloteando y gorgojeando.

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Un grupo solidario en la comunidad indígena de Mishkiyaquillo

Luis, el director de la sucursal de Tarapoto Prisma, me propone que vaya con él y con Lucy, la agente de crédito, el día siguiente a visitar un grupo solidario en una zona rural. La mañana siguiente, les espero en frente de mi hotel a las 7.30 h. Para mi sorpresa, ¡llegan en motocicleta! Todo apunta a que nos espera un día interesante…Me subo a la moto con Lucy, que no ha traído un casco para mí: aunque no siento un poco insegura, ¡me reconforta pensar que vista la escasa cilindrada de la moto muy rápido tampoco podremos ir!

Después de 20 minutos conduciendo por carreteras de tierra y piedra, llegamos a la pequeña comunidad indígena de Mishkiyaquillo. Los miembros del grupo están esperando a Lucy y Luis fuera del lugar previsto para el encuentro, que es una cabaña de madera que utilizan para todo tipo de eventos: para reuniones, celebraciones, para ver la televisión juntos. ¡Recordemos que Perú se clasificó para el Mundial de 2018 después de 36 años!

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Hoy es el día de cierre: los miembros han de pagar el crédito que recibieron ocho meses atrás y tienen la opción de solicitar un nuevo microcrédito.

Mientras Luis y Lucy están inmersos en labores administrativas, aprovecho la ocasión para entrevistar a varias personas. Me doy cuenta en seguida de que hablan en su propio dialecto, con muchas palabras procedentes del quechua, el idioma de los incas, y a ratos la comunicación resulta complicada.

Miriana

Miriana tiene 22 años y dos hijos de tres y cinco años. He aquí su testimonio: “Por suerte, con el primer microcrédito de 1.500 soles (unos 380 euros) pudimos enviar a mis dos hijos a la escuela infantil. Tenemos dos terrenos, uno a media hora de distancia andando, del que me ocupo yo porque después tengo que volver a recoger a los niños y prepararles la comida. Mi marido tiene que caminar hora y media para llegar al otro terreno”.

“En realidad”, matiza, “los terrenos son de mis suegros, no nuestros, pero es así como funcionan las cosas aquí la mayoría de las veces: toda la familia está implicada en lo mismo. También hago trabajos artesanales como cerámica y tricotar y vendo los productos a la comunidad. Nos ayuda. Hoy vamos a pedir prestados 500 soles para reformar nuestra casa: tenemos piso de tierra y los niños se ensucian mucho cuando juegan en el suelo.”

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Zoila

La más joven del grupo se llama Zoila. Tiene diecinueve años y es la sobrina de Esteban, el líder del grupo. Junto con su marido, cultiva cacao y maníes incas, conocidos como “Sacha Inchi”. Tengo que pedirle que me repita la palabra tres veces y, al final, desiste y opta por mostrármelos. “El Sacha Inchi ha sido parte de la dieta de los incas durante 3.000 años, se utiliza para hacer aceite o cacao”, me cuenta.

Zoila tiene una niña de dos años, que le acompaña a diario al campo. “Llevo en este grupo los últimos ocho meses, y la verdad es que funciona muy bien. La primera vez pedí 500 soles (unos 130 euros), que destiné a la siembra y a mi salud, pues no me encontraba del todo bien.” Cuando le pregunto qué le ocurría, me da una respuesta que me sorprende por inesperada: “Tenía mal de ojo así que fui a ver a un curandero y él me curó. Ahora me siento mucho mejor.”

Lucy, la agente de crédito, me explica que en las zonas rurales la gente recurre mucho a la figura del chamán o curandero y que es muy habitual que acudan a ellos en busca de tratamientos.

Zoila me explica que en esta ocasión tomará prestados 600 soles (unos 150 euros) porque quiere comprar unas tijeras para podar las plantas de cacao: “tenemos que pagar 10 soles diarios si las alquilamos, así que pensamos que podríamos comprar unas por unos 400 soles y después alquilarlas para recuperar la inversión”.

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Esteban

Esteban es el líder del grupo y todo el mundo en la comunidad le describe como una persona trabajadora además de extremadamente puntual en los pagos. Me cuenta que no le gusta retirar grandes sumas de dinero, de manera que pide pequeños importes que está seguro de poder devolver a tiempo. “Cultivo cacao y Sacha Inchi y también crío gallinas y cerdos,” explica. “Gracias a un microcrédito de 2.000 soles (unos 500 euros), pude comprar y criar 200 gallinas y cuatro cerdos. Ahora solo me quedan 50 gallinas porque conseguí vender el resto. La gente no entiende que lo más caro no es comprar los animales sino alimentarlos. Cuando pedí el microcrédito yo ya había hecho mis cálculos.”

Como la mayoría de la gente de la zona, hasta finales de los noventa Esteban cultivaba hojas de coca. No era legal pero era lo que había dado que los narcotraficantes tenían controlado el país. Después, gracias al programa de Naciones Unidas destinado a sustituir el cultivo de la coca por el del cacao, muchos pequeños agricultores como Estaban se pasaron al cacao.

Esteban

Ezenovia

Una hermosa mujer llamada Ezenovia está sentada fuera, al sol, y decido acercarme a hablar con ella. Habla muy deprisa y a veces no nos entendemos, pero sí logro captar su mensaje principal. “Soy viuda, mi marido lamentablemente falleció hace unos meses pero me enseñó antes todo lo que sabía: me enseñó el oficio y cómo gestionar el dinero. Llevaba muchos años enfermo y yo siempre cuidé de él. Era miembro de este grupo solidario y ahora que él ya no está con nosotros yo le sustituyo. No tengo miedo, sé que puedo apañármelas y dos de mis cinco hijos trabajan conmigo. Gracias al seguro de decesos que ofrece el grupo solidario, recibimos 7.000 soles (unos 1.800 euros), que empleamos para ampliar y diversificar la plantación.”

Ezenovia se siente muy orgullosa y quiere mostrarnos sus tierras. Sube y baja la colina bajo un sol de justicia, cargando como si no le costara ningún esfuerzo. Nosotros, a diferencia de ella, acusamos el calor y el no poder refugiarnos a la sombra durante el camino. Mientras yo estoy empapada en sudor y sin aliento, me maravillo al ver a esta mujer, madre de cinco hijos y casi 30 años mayor que yo, sin una sola gota de sudor en el rostro.

Nos enseña la zona y lo cierto es que las vistas desde sus tierras son un auténtico espectáculo. Como viene siendo habitual, me machacan los mosquitos, pero merece la pena, pues mi anfitriona me deleita con el delicioso zumo de un coco que coge directamente de una palmera, un manojo de sabrosos plátanos y algunas pomarrosas, una fruta exótica increíblemente dulce.

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Lucy, credit agent

El tiempo se nos acaba y llega la hora de regresar a Tarapoto. En el camino de vuelta, aprovecho para hacerle a Lucy algunas preguntas. Se muestra muy paciente y accesible y parece que despierta gran confianza en el grupo, una sensación que tengo nada más conocerla. Se sincera conmigo: “Me gusta mucho este trabajo pero no todo el mundo puede hacerlo. Te tiene que gustar estar fuera, ir al campo, moverte en bicicleta todo el rato y estar con gente”.

“¿Cuál es la parte más dura de tu trabajo?”, le pregunto. 

“No puedes esperar que la gente se adapte a ti, tienes que adaptarte tú a ellos. Hay realidades y personalidades muy diferentes. Yo siempre trato de comportarme de la forma más adecuada teniendo en cuenta a quién me dirijo en cada momento. La gente del campo puede parecer hermética y tímida al principio pero una vez que te conocen y empiezan a confiar en ti se vuelven muy comunicativos y afectuosos. Por ejemplo, el grupo que acabas de conocer, siempre me reciben con abrazos y besos y consiguen que me sienta parte de una familia. Esto me ha enseñado a comportarme de forma más abierta y natural con ellos. A veces, recaudamos dinero y organizamos un gran almuerzo juntos en nuestro siguiente encuentro. ¡Las mujeres de aquí son grandes cocineras!”

“¿Y qué es lo que más te gusta?”

“Prisma se esfuerza especialmente en tratar de implicar a las mujeres en los grupos solidarios. Queremos ayudarlas a ser más autónomas y a montar su propio negocio. Como mujer que soy, valoro mucho este aspecto.”

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Luis, Director

“¿Así que vas a viajar durante un año?” Me pregunta Luis. “Desde que hemos abierto esta sucursal en Tarapoto, no he cogido vacaciones. Estamos creciendo y hay mucho que hacer.” Le pregunto si hay algo que haya aprendido al hacer este trabajo y que quiera compartir conmigo y esta es su respuesta: “He aprendido que cuando entrevisto a alguien que quiere ser agente de crédito tengo que centrarme en sus capacidades personales más que en las técnicas. Para este trabajo, es fundamental tener empatía y paciencia y he visto que por lo general las mujeres encajan mejor con este perfil. Por ejemplo”, apunta, “piensa en el grupo que has visitado hoy: has visto que todas las mujeres estaban acompañadas de sus hijos. A menudo los niños lloran o hacen ruido o corretean de aquí para allá. Las madres están acostumbradas a hacer su trabajo con ese ruido de fondo mientras que los hombres se desconcentran y se frustran.”

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Conocer a todas estas personas ha sido para mí una experiencia de lo más enriquecedora. No olvidaré nunca el viaje en moto con Lucy, la imagen de Ezenovia cargando un manojo gigante de plátanos para nosotros, la sonrisa de Esteban cuando menciona sus 200 gallinas o a Zoila, cuando me cuenta con orgullo que pronto podrá comprarse unas tijeras de poda.

Y eso, precisamente, es lo que me llevo de vuelta conmigo: una lección de tenacidad, generosidad y sonrisas por doquier.


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